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Todavía lo recuerdo entrando a casa con los ojos más azules, más brillantes que de costumbre. Me contó del homenaje al centenario de Pablo Neruda, de las ideas para hacer de la fecha un acontecimiento en Cuba. Después de lanzado el concurso “Veinte ocurrencias de amor y una declaración desesperada” Guillermo Cabrera Álvarez (Mi GG), en su columna semanal de JR, vivió jornadas de buzón repleto por la acogida de sus lectores.

Cada tarde bajo el techo en el que tuvo la confianza de acogerme, mi GG me contaba de las linduras y anécdotas llegadas para concursar. Cada quien volcaba en letras sus recuerdos más preciados. Casi al final del plazo del concurso de la Tecla me preguntó:

—¿Y tú no vas a escribir nada? Continuar leyendo »

Pacto

…porque ellos no saben despedirse

Duele quedarse sin palabras

Duele quedarse sin palabras

Lo conozco. Sería capaz de detectar hasta un movimiento diferente en la décima pestaña de su ojo izquierdo. Lo sabe, se inventa mil disfraces para despistarme y apenas gana unos minutos. Cuando mi mejor amigo de toda la vida atraviesa el umbral de mi alquiler de turno y no se quita los zapatos o no me sienta de un “zarpazo” en la meseta de la cocina para ponernos al día, no importa que tretas utilice, el caos es inminente.

Lo dirá todo. Es cuestión de tiempo. Lo dejo dar vueltas, respondo las preguntas que suelta en ráfaga, en su intento desesperado por desviar la tensión: ¿Comiste? ¿Y ese termómetro? ¿Tuviste fiebre? ¿Por qué no me llamaste? ¿Y el libro? Respondo y lo sigo con la mirada. Me contengo. Espero. El susto ya me salta en el estómago.

Pueden pasar meses sin que nos veamos, llega y revisa todos los rincones para saber si estoy y estaré a salvo. El refrigerador es una parada obligada, la ruta de sus preocupaciones es siempre igual. Abre todas las gavetas ¿Pero ese paquete de hígado es el mismo de hace 6 meses? Sabe lo que voy a responder, pero sigue a la carga, como si tener algo de comida significara que voy alimentarme como él desearía.

“Esto parece una pista de aterrizaje, ahorita bajo a ver qué encuentro….”

Respiro resignada. Cuando sabe que no puede dilatar la tormenta, cuando no puede evitar más mirarme a los ojos, lo suelta. Continuar leyendo »

Desde la altura del moderno edificio de la CCTV

Desde la altura del moderno edificio de la CCTV

Cinco años después la ciudad me recibe con su pincelada de gris, pero ya no asusta. De algún modo, ese era el color del abrazo esperado. La niebla no trae malos presagios, la niebla se convierte ante los ojos en el primer signo de reconocimiento. Se adhiere a la piel, sigue las líneas del rostro, como las manos de una madre. Me busca, me encuentra y me da la bienvenida.

La ciudad que fue bajo mis pies y la de estos días me provocan mil sensaciones. Ha cambiado, eso podía imaginarlo desde La Habana, sin embargo, no tanto como para sentirme extraña. Cuarenta y ocho horas es muy poco tiempo, sin embargo, suficiente para volver sobre las esencias guardadas en la memoria, para caminar nuevas rutas e intentar conformar el mapa de mis pasos. Continuar leyendo »

Volver

desde el aviónCuando el avión rueda sobre tierra firme, los pasajeros aplauden como muestra de agradecimiento a los pilotos que los mantuvieron a salvo. Un gesto intuitivo: zafar el cinturón.

Como si después todo fuera más rápido. Como si despojarse de las cintas que te ataron durante muchas horas al asiento hiciera posible que Inmigración fuera ágil, las maletas salieran primero, pasaras ileso la aduana –a fin de cuentas no tienes nada que declarar-y ya estuvieras a un paso de la puerta de salida… a unos segundos de ese abrazo.

Antes del cristal se intuye el bullicio. La ansiedad de quienes esperan a los suyos casi puede tocarse. Después de la puerta, a la espera, sin poder pasar, hombres y mujeres en puntillas, con las manos extendidas. Ojos que buscan, nombres de desconocidos en carteles improvisados.Expectación. Continuar leyendo »

La mitad de mi sonrisa

Mi tesoro

Mi tesoro

Desde que era un puntico minúsculo en la barriga de su madre ya sabíamos que cambiaría el mundo. Creció, creció y nació, y la vida comenzó a girar en torno a su dicha. Dice que se llama Isa…bela, así, con la pausa, porque está aprendiendo; dice que es “la niña de tía”. Es cierto.

Cuando la tuve por primera vez en brazos, apenas unas horas después de su nacimiento, intuí que cuando dijera la palabra mágica podría lograr casi cualquier cosa. Tenía razón. Mi niña usa y abusa de su poder y yo me río y la dejo. Hay una mezcla de asombro y algo de celitos en el tono de su abuela cuando asegura: “Esta niña se pasa el día “tiando”. Continuar leyendo »

Necesidades

«En unos días estoy ahí. Dime qué necesitas».

Las letras llegan como ritual de los afectos. Podría haber hecho una larga lista, pero con la economía de palabras del cariño sincero escribí solo dos cosas.

Desde la mesita de noche un libro calma ansiedades, me lleva de nuevo a París. No voy sola y es lo mejor del trayecto. La Maga hace magia. Cortázar con sus armas me rinde…

Del otro lado de la línea telefónica mi Isa me cuenta su día… « Tía…pillo… boca», me dice. Traduzco: « Tía, el cepillo para lavarse la boca…». Sonrío. Los utensilios del ritual mañanero, que no suele ser agradable para los niños, fueron especialmente pensados para ella.Me pensaron a mí, completada en su alboroto.

Ella disfruta aprender a cepillarse los dientes, que le van brotando de a poco. Voy más tranquila, anclada en mi mundo.

«Rayuela y pasta dental infantil, por favor, por favor», respondí.

No hizo falta más.

Cuentas claras...

Cuentas claras…

Era tarde. A ella se le cerraban los ojos. Tenía la comida caliente y solo faltaba freír un plátano cuando la reja lo anunciara. Lo llamó. Ya estaba en camino. No comería, pero adoraba sentarse a la mesa, subir los pies en su silla, mirarlo disfrutar su cena y conversar largo, sin importar la hora.

Tendría que contarle el susto. Habría que revisar bien la casa, tomar medidas.

Cuando lo escuchó, salió a su encuentro. Las manos al cuello, el beso urgente… En menos de un segundo, él ya la sostenía en sus brazos. Refunfuñó, como siempre, sin poder disimular el gusto por sostener sus huesos: “Bájate, malcriada”. Continuar leyendo »

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