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A salvo

“Este será nuestro secreto…”

Te arropo en mi pecho y te muestro el camino. Te quiero. ¿Ya te lo dije hoy, mi niño? No sé, no importa, te lo repito. Quizás no haya mayor verdad entre cielo y tierra y necesito que crezcas sabiéndolo, sobre todo, sintiéndolo, porque es cierto.

Verás que no hay sitio mejor para el descanso. Lo sé bien. No tengas miedo. Seguir leyendo »

Heridas de guerra

Después...la paz

Después…la paz

Siempre le dice que no. Es como si tuvieras la respuesta cosida a los labios. Después puede ser tal vez y hasta sí, pero primero: No. A veces expone argumentos protectores, circunstanciales o pragmáticos.  La negociación puede ser larga y no importa cuando tiempo tarde. Seguir leyendo »

Los Secretos

Ella cuando me mira

Ella cuando me mira

Isa aprendió a susurrar. Entiende que un secreto solo se comparte con quien lo guardará. De pronto, sin que venga al cuento, lo deja todo y asegura que tiene uno muy urgente. Dramatiza un poco, se cuelga al cuello y muy cerca del oído, murmura lo necesario. Sus secretos llevan una voz especial. Le nacen, incluso, cuando el ritual está incompleto: los brazos no encuentran asidero y no hay un oído cerca. Debe imaginar que, de algún modo, esos detalles no son esenciales. Lo importante decir, tal vez piense.  Será que intuye que necesito saber o que hay palabras que uno necesita escuchar siempre. No sé.

Hay un secreto repetido con vehemencia, digamos, su favorito y, la verdad, el mío también. Otro, también reiterado, me estruja el alma.

Imaginen la voz sigilosa, pero a través del teléfono:

Secreto 1

Tía, “quero mucho”

—Cariño, tía también te quiere mucho. Voy pronto, tesoro. (Tía con la misma voz  de susurro)

Secreto 2

—Tía… cargue.

Silencio.

¿Y el libro?

El cambio no ocurrió de pronto. Creo que al principio no fui consciente, pero a medida que fue pasando el tiempo me transformé.  El espejo siempre me devolvía la misma imagen, sin embargo, por un tiempo dejé de ser  yo o mi mundo me convirtió en mi mayor desvelo en los últimos dos años . Seguir leyendo »

Cinco me amaron así *

Kaloian me regaló esta foto para ilustrar un trabajo publicado en septiembre de 2011. Es de mis favoritas

Kaloian me regaló esta foto para ilustrar un trabajo publicado en septiembre de 2011. Es de mis favoritas

Quien crea en el destino, en dioses y brujos podría esperar que se cumpla lo escrito en el pergamino de la vida, o los designios todopoderosos o que hagan efectos brebajes de hechiceros modernos. Otros prefieren hacer el camino, forjar su existencia y asumir lo retos humanos de caerse y levantarse, de amar sin miedos, entregarse y vivir, vivir cada día como el último y el otro como nuevo.

La primera piedra podría ser lanzada por una mano impía sobre mi cuerpo, y no solo por amar a varios, sino por ser hombres con el corazón robado ya, por mujeres especiales. Según parece estoy condenada a las llamas infernales. Sé, me retorcería en el dolor del cuerpo frágil, pero mi alma permanecería intacta y continuaría amándolos. «Amarás al prójimo como a ti mismo» reza la sagrada escritura, y se me antoja el argumento para su defensa y para la mía propia. Se evoca entonces un sentimiento infinito al colectivo innombrable, sin rostro, a ese hombre de cualquier edad, sexo, ubicación geográfica, raza, al hombre desnudo de cada criatura. Seguir leyendo »

Todavía lo recuerdo entrando a casa con los ojos más azules, más brillantes que de costumbre. Me contó del homenaje al centenario de Pablo Neruda, de las ideas para hacer de la fecha un acontecimiento en Cuba. Después de lanzado el concurso “Veinte ocurrencias de amor y una declaración desesperada” Guillermo Cabrera Álvarez (Mi GG), en su columna semanal de JR, vivió jornadas de buzón repleto por la acogida de sus lectores.

Cada tarde bajo el techo en el que tuvo la confianza de acogerme, mi GG me contaba de las linduras y anécdotas llegadas para concursar. Cada quien volcaba en letras sus recuerdos más preciados. Casi al final del plazo del concurso de la Tecla me preguntó:

—¿Y tú no vas a escribir nada? Seguir leyendo »

Pacto

…porque ellos no saben despedirse

Duele quedarse sin palabras

Duele quedarse sin palabras

Lo conozco. Sería capaz de detectar hasta un movimiento diferente en la décima pestaña de su ojo izquierdo. Lo sabe, se inventa mil disfraces para despistarme y apenas gana unos minutos. Cuando mi mejor amigo de toda la vida atraviesa el umbral de mi alquiler de turno y no se quita los zapatos o no me sienta de un “zarpazo” en la meseta de la cocina para ponernos al día, no importa que tretas utilice, el caos es inminente.

Lo dirá todo. Es cuestión de tiempo. Lo dejo dar vueltas, respondo las preguntas que suelta en ráfaga, en su intento desesperado por desviar la tensión: ¿Comiste? ¿Y ese termómetro? ¿Tuviste fiebre? ¿Por qué no me llamaste? ¿Y el libro? Respondo y lo sigo con la mirada. Me contengo. Espero. El susto ya me salta en el estómago.

Pueden pasar meses sin que nos veamos, llega y revisa todos los rincones para saber si estoy y estaré a salvo. El refrigerador es una parada obligada, la ruta de sus preocupaciones es siempre igual. Abre todas las gavetas ¿Pero ese paquete de hígado es el mismo de hace 6 meses? Sabe lo que voy a responder, pero sigue a la carga, como si tener algo de comida significara que voy alimentarme como él desearía.

“Esto parece una pista de aterrizaje, ahorita bajo a ver qué encuentro….”

Respiro resignada. Cuando sabe que no puede dilatar la tormenta, cuando no puede evitar más mirarme a los ojos, lo suelta. Seguir leyendo »

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