Este reloj no me sirve para el tiempo moderno, pero me recuerda que existe. ¿Existo?
Ando de un lado para otro. Demasiada agitación para tomar un descanso. ¿Y las prioridades? Se han desvanecido. No las encuentro. Tengo que seguir. ¿Y esta lluvia en los ojos?
El deslizamiento suave de la arenita coloreada me lleva a sitios diversos. Quiero quedarme en alguno, pero no se detiene. Si lo hiciera solo un instante para perderme allí. El tiempo se termina. Le doy la vuelta de nuevo.La arena vuelve a caer como la primera vez. Respiro aliviada.
Ojalá todo, hasta yo, tuviera espacio en este reloj. Pero no. Es muy pequeño, además, medio naranja, viene de China… muy sospechoso. Aun así funciona en el mundo deshecho. ¿Cómo puede?
Hay que virarlo muchas veces. Mejor no me canso. Si no existo, de qué me sirve. Él mismo arrastra el cordel del papalote. Regreso. Ya no soy una mariposa.


Una vez tuve un reloj de arena cerca. Entonces descubrí que el tiempo huía, veloz, velocísimo. No he vuelto a mirar ninguno.