Son los mismos desde hace casi un año y tal vez no por mucho tiempo más. No sé casi nada de ellos. A penas algunos nombres, que a veces tienen rostro, pero otros no. Algunos son solo voces, otros gritos y palabrotas. Los reconozco, puedo diferenciar su timbre de voz, aunque nunca me haya cruzado con sus dueños en la escalera.
A veces me sonrío de las ocurrentes conversaciones entre dos mujeres, cada una desde sus terrazas. Las más, me irrita el escándalo de la abuela y el nieto que viven en el “penthouse”. Al principio tenía miedo de que las horribles amenazas que intercambian se consumaran. Ahora sé que es un ritual, una espiral interminable de violencia, justo sobre mi cabeza… en el medio del Vedado.
La señora del frente me sonríe amablemente cuando su puerta está abierta y llego. Esta semana me pagó el gas. No sé su nombre. Quienes viven en apartamento más al lado cobran el agua. De los otro son sé nada. Bueno, la otra señora, la que habita justo al lado de la escalera, pasó más de seis meses de visita en EE.UU., pero eso lo decía su puerta. Pablo es el más servicial de mis vecinos. Su apartamento está justo al lado del que ocupo. Siempre me pregunta cómo estoy y yo le devuelvo el gesto, como si con ello los saludara a todos, incluso a aquellos que no se molestan en responder los “buenos días o las buenas noches”. Anda de un lado para otro .Yo me conformo con ese saludo que me sacude, solo un poco, la sensación de no ser de ninguna parte, de estar de paso, aunque sé que es cierto.
Hace dos días me preguntó qué me pasaba. Supongo que notó mi rostro desencajado y esa mueca de dolor que me acompaña en los últimos días. Le conté que iba al médico para que me pusiera tratamiento para mi gastritis mezclada con bichos. De regreso estuvo pendiente. Volvió a preocuparse y hasta me dio un remedio. “Semillas de calabaza tostadas. Debes tomar el polvo diluido en agua o leche sobre las 5 am y las giardias desaparecerán de tu estómago”, me dijo.
Así son los vecinos acá. Gente que no conoces bien, pero tienes la certeza de que puedes tocarles a la puerta para pedir un poquito de sal, el abre corchos, una pizca de canela para el dulce de ocasión, que pagan tus cuentas mientras trabajas o ofrecen algún consejo para sanar. “Estamos para lo que haga falta”, dicen los buenos. Es una frase hecha, pero en Cuba suele ser cierta.
Fue bueno escuchar a Pablo con su remedio para mi problema. También que el domingo esa señora amable tocara para entregarme el recibo del gas pagado. De pronto sentí que dejé de ser el fantasma que sale cuando ya todos se fueron a sus trabajos y regresa muy tarde en la noche, cuando duermen. Quizás, “la muchacha del 45”… No sé, por lo menos, dos de mis vecinos me reconocen. Soy un poquito menos éterea.





Así son los vecinos. Silenciosos y apáticos, estridentes y escandalosos, desmemoriados e irrespetuosos, hasta el minuto justo es que son necesitados y se convierten en esa familia no real, pero auténtica y verdadera.
Por qué todo el mundo escribe de estos vecinos?? Son vecinos-inspiración, vecinos-musa
Nice post.
Debe ser porque en realidad no son nuestros y nos encantaría que lo fueran. Más bien hasta ellos y sus mundos llega la musa. Gracias, por tu primer comentario. Me alegra que estos vecinos heredados y efímeros te hayan inspirado.