Hace calor en La Habana.
— ¡¿Oye, ya le brindaste refresco?!— gritó desde la cocina a quienes estaban en la barbacoa.
Respondió sin apartar la mirada de la pantalla de la computadora con otro grito, pero este con el distintivo timbre de galán de radionovela.
—¡No, ella no puede tomar eso!. La miró con cara de «lo siento». No hizo falta más.
¿Cuántas cosas ocurren en la vida de dos personas, de una familia, para que cada quien habite la piel del otro? Para que sepa exactamente lo que tiene que saber, sin preguntar; para que aprenda, para que esté pendiente de aquello que hace respirar, sin que sea oxígeno. ¿O será que lo es?
Amanecer en el espacio compartido conjura el misterio. Y solo entonces inicia el poderosísimo ejercicio de ajustarse al molde del otro, distinto y cercano. Nace incontenible la aspiración de tener la capacidad de dibujarle la sonrisa más perfecta, inspirarle el piropo más ocurrente o la acrobacia más osada. Todo fluye sin esfuerzo. Pero incluso así, como dicen las abuelas, madres y hasta las hermanas mayores, es difícil.
Y después de malabarismos múltiples, de sortear rutinas y desencuentros, de notar cierta flexibilidad de contorsionista, llega la sorpresa de los pequeños descubrimientos, esos que te arrancan la sonrisa perdida desde hace más de una semana. No se trata de tiempo, sino de las honduras de las vivencias. Solo queda retener los flechazos de la memoria en medio de turbulencias, porque te devuelven la ternura de las cosas que nadie más sabe y, a la vez, de los secretos de que eres dueño.
• La posición exacta para conciliar el sueño, con nombre o sin él.
• La comida bien caliente o el plato de potaje con una leve cucharadita de arroz.
• El agua sin «bichos», la ropa sin «ácaros».
• La pastilla para la alergia y el olor del recién afeitado.
• El beso tatuado o la «cosquillita» de la era preuniversitaria.
• El mundo que se arregla con olor a mar.
• La certeza de que hay cosas que uno necesita escuchar.
• La fobia a las cucarachas.
• La respuesta paciente a cada por qué o a los “qué significa”.
• El pie escalando debajo de la mesa.
• El ¿para dónde tú vas?, que significa…
• El sueño en el sofá
• El infinito de las pequeñas cosas…

Uno se cree
que las mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
de ida y vuelta.
Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.
Esas pequeñs cosas que nos inundan o que nos faltan, que no vemos o no nacen…Que existen y nos completan…
Bienvenido a los Ojos.
besos a nuestro mundo cubano.saludos a ustedes JR.a todos