La primera vez que lo vi me sacó una mueca de desencanto. Tenía la peor cara bajo el techo ajeno. ¡Está en candela!, pensé. Las ganas inmensas de avivar la ilusión de casa, de empezar de cero, lo convirtieron, aún así, en un detalle intrascendente. No podía imaginar entonces que luego sería mi particular imagen de la felicidad.
Sigue sin ser atractivo, sin clasificar como el mueble que me gustaría tener cuando ocurra el milagro. Lo habitan manchas y ácaros — este último detalle es solo una sospecha—; tiene infinitas huellas, quizás de orgías antiguas, pincha en par de lugares por sus muelles añejos y en el centro tiene un hueco que alerta del sitio exacto donde más se han posado diversas «cuatro letras».

Desde este sofá quise explicarle a Verónika, el personaje de Coelho, mi versión de la felicidad, el día lejano que vimos esa mala película. En este sofá, antes, el abrazo de Pikusio y, después, el beso de siempre.
Sin embargo, no existe otro lugar tras las paredes donde pernocto, en el que me descubra más cómoda, donde concilie mejor el sueño, donde tenga la más plena sensación de paz, viendo una película o la serie de turno de Multivisión —ahora, Maravillosos 70—. Igual en la soledad, mejor en el abrazo, la caricia o en ese instante supremo de subir una pierna para que se encuentre, si hay, con un beso. Todo un rito.
A pesar de todos los cuidados y de saberse lugar de culto, sin la más remota señal de alerta a mi sofá le dio por ponerle coto al sedentarismo y los suspiros, a los abrazos de Pikusio, quien ahora lo mira desde el sillón destartalado. Así, sin más, le dio por el deporte, y no precisamente por el más atractivo y disfrutable. Una noche lejana quiso travestirse y se convirtió en una mesa de ping pong.
Parecía que no quedaba otra que seguirle la rima. Y para completar aparecieron jugadores hipnotizados ante la imaginaria superficie verde, los límites blancos y la pequeña red. Iniciaron una partida infernal.
La pelota iba y venía con disímiles argumentos. Cada nuevo «raquetazo» hacía más sinuosa la trayectoria de la esférica infeliz y obligaba al «contrario» a una contra ofensiva rotunda. Un juego de inteligencias de altos quilates, cada vez más hondo, cada vez más extrañamente doloroso y sin posibilidad de ventajas.
Ellos estaban allí, pero habían dejado de ver al sofá y a sus «inocentes» intenciones. Habían olvidado, incluso, por qué habían sucumbido a sus cantos de sirenas travestidos, cómo se habían dejado arrastrar por los caprichos ajenos. Cuando fue evidente que podrían estar toda la noche en aquel toque — para entonces inútil porque les sobraban neuronas conectadas a ambos—dejaron la pelota en el hueco central del asiento, intentaron suavizar la tensión con un mal chiste y se durmieron exhaustos en mi cama.
A la mañana siguiente ya no estaba la superficie verde, los límites blancos y la pequeña red. Ni siquiera la pelota. Pero sí las irremediables huellas de las ropas usadas, la certeza de un sábado gris.
El sofá ocupaba el sitio de siempre, cargaba las mismas marcas y ácaros, las mismos muelles deshechos, casi la misma evocación de un beso. Pero estaba vencido. Después de todo le había nacido un pliegue terrible: el dolor de una batalla estéril.







lástima que no tenga uno asi , aunque esté en ” candela jajajaja. muy buena tu idea y tus historias , ah y ademas puedes ir a leer una historia de un hermano gemelo de este sofá al blog de la MARIPOSA CUBANA. un beso
Una mesa de ping pong es más benigna que un ring octogonal de UFC (Ultimate Fighting Championship), esa versión posmoderna de circo de gladiadores donde se pelea brutalmente casi sin reglas. La “diplomacia del ping pong”, como sabes, sirvió de pantalla facilitadora a EEUU y China para avanzar en sus relaciones en medio de la Guerra Fría. Los contendientes de tu relato deberán aprender que una mesa de ping pong no es el escenario más sangriento y que esa disciplina deportiva puede servir para unir hasta enemigos. Mi consejo para ellos es: tomen el control remoto, aprieten el botón de rewind y véanse a sí mismos retornando al punto de inicio, sin raquetas, ni pelota, ni red. Regálense la oportunidad de recomponer los rompecabezas, prueben tres, cuatro, cinco, diez veces. Si no funciona, busquen el botón de resetear y oprímanlo sin piedad. Después creo que sería bueno pedirles que dejen tranquilo a tu sofá.
Supongo que les daré tu consejo cuando los vuelva a ver, si es que aún existen. Creo que lo peor, incluso sin ser un ring octogenal, es quedarse insatisfecho después de un largo duelo . La terquedad y la incapacidad para aceptar que no se trata solo de ganar, que detrás de las raquetas y la pelota y sobre el sofá, sobre todo, hay dos seres humanos…se paga caro.
Me gustá tu sofá y más todavía sus historias…
Dicen que todos mis problemas se resuelven allí… seguro es una exageración.
Nina, viví cada palabra, escuché casi y vi la pelota de un lado a otro. No tengo mucho que decirte porque he dicho mucho. Siento una especie de exorcismo en este post, que ojalá sea sierto si ha servido para iluminar tus mañanas.
Qué bueno que hayas escuchado, que me hayas acompañado en este exorcismo…El eco de la pelota todavía duele.Un abrazo largo.