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Archive for the ‘Ni Hao’ Category

Cambiamáscaras

Intentarlo no cuesta nada

Todas las veces que en China pude disfrutar del cambiamáscaras, Bianlian, en mandarín, me nacieron estrellas. Aparecían en las plazas y templos, especialmente en las ferias de año nuevo, y siempre quedé alelada. Las ropas de brillantes colores, la destreza de los movimientos acrobáticos, el apoyo de la música y la habilidad del artista para los cambios, conforman un conmovedor espectáculo unipersonal. (más…)

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Fruta acaramelada

Beijing, 2008. Foto: Zéner

Un fino trozo de madera, frutas  ensartadas o la combinación de varias, zambullida de en caramelo hirviente.  Cristalización  y  ¡zaz! Puro manjar. (más…)

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Muñequitos de harina

Frente al templo de la Tierra en Beijing

—Te traje un regalo— me dice Elizabeth, tras regresar de Taiyuan, una provincia al oeste de China.

Luego me extiende una pequeña mariposa pegada a un palito. Parece un dulce. Tal vez es de plastilina, pienso. Me asombro cuando dice que es de harina coloreada. Pregunto si se come, pero no.

Con motivo de los festejos por el nuevo año lunar en las esquinas y ferias de Beijing aparecen los artistas de la harina. Allí los conocí. El material compacto y de diferentes colores está frente a estos hombres, quienes luego intentan complacer a los más pequeños.

Vistosos pajaritos, cerdos azules, osos verdes, perros rosados, reinas, emperadores, ninfas y toda clase de personajes tradicionales nacen de las destrezas manuales de los artistas callejeros. Los muñequitos, que crecen en la punta del palito para que el niño pueda llevarlo, tienen un nivel de detalle extraordinario: los ojos, las cejas y las pestañas… Todo hecho de harina.

Es un verdadero espectáculo participar del nacimiento de las miniaturas. Los rostros infantiles se pueblan asombros. El nuevo amigo de harina los guarda sí, mientras los creadores quedan satisfechos. Mi mariposa de alas verdes se adueña de esta mirada.

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El turrón musulmán

Nueces, almendras, avellanas, pasas, y toda clase de frutos secos compactados hacen el turrón gigante. Acaramelado. Siempre los he visto en una tabla grande, detrás de las bicicletas de los vendedores. Parece un cake de varios tonos carmelitas, pero sin merengue.

Pregones que no puedo entender anuncian las bondades del manjar. Paso y quiero probar. Un señor sin el gorro típico de los musulmanes me extiende una pequeña porción. Sabe rico. Quiero más. Me parece excesivo el precio, pero en la esquina, otro vendedor sonriente tiene pinta de complacer.

Explica —como puede— que se trata de un dulce hecho por los suyos. Escudriña mi rostro para saber si comprendí. Pruebo por segunda vez. Separa lo que quiero y dice, con señas claras, que ha hecho una rebaja. Agradezco. Turrón en mano, sorteo la multitud.

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